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Un giro dramático PDF Imprimir E-Mail
La inclusión de Miguel Pou en la muestra ‘Mi Puerto Rico’, en el Museo de Arte de Ponce, altera la visión tradicional de la historia del arte puertorriqueño

Tres grandes maestros de la pintura puertorriqueña -José Campeche, Francisco Oller y Miguel Pou- están representados en la muestra ‘Mi Puerto Rico’, abierta hasta el 29 de julio en el Museo de Arte de Ponce. La exposición incluye también ejemplos puntuales del arte de sus contemporáneos, entre ellos Ramón Atiles, Manuel E. Jordán, José Cuchí, Ramón Frade y Félix Medina González.

‘Mi Puerto Rico’ recibió apoyo financiero del National Endowment for the Arts como parte de un programa titulado American Masterpieces: Three Centuries of Artistic Genius. También lo recibió del Institute of Museum and Library Services. Estos datos son muy importantes, sobre todo en lo que se refiere al NEA, pues son señales no sólo del gran prestigio del Museo de Arte de Ponce, que ha sido responsable de algunas de las exhibiciones más serias a nivel investigativo que se han hecho sobre arte puertorriqueño (‘Francisco Oller, Un realista del impresionismo’, de 1983, y ‘José Campeche y su tiempo’, de 1989), sino también porque dan fe del deseo de integrar la experiencia del arte puertorriqueño a un entorno cultural más amplio -el de los Estados Unidos- sin por eso negar su carácter histórico y estético único.

Los hispanoparlantes han sido siempre parte integral de los Estados Unidos de América, pero desde la década de los setenta su aportación a la vida social, política y cultural de esa nación ha cambiado muchísimo. En un primer momento, los latinos, divididos en grupos de emigrantes que respondían a entidades nacionales -chicanos y nuyorican sobre todo- hicieron reivindicaciones de índole política, racial y cultural. Luego, en los ochenta y noventa, la distinción entre grupos nacionales se fue deshaciendo en pro de un concepto más amplio y quizás menos aguerrido políticamente - el del ‘latino’. En los últimos diez años los latinos han llegado a tener suficiente poder político y económico como para que las instituciones culturales del ‘mainstream’ se interesen no ya por su arte político y contestatario, sino por sus tradiciones culturales, como los santos de palo, el arte virreinal y el retrato. Poco a poco lo ‘latino’ se ha ido integrando a la noción de la tradición americana (el concepto es el de ‘heritage’) y los puertorriqueños hemos sido protagonistas de esta historia, tanto en el Smithsonian Institution, que ha acogido colecciones de objetos arqueológicos y artísticos puertorriqueños, como en exhibiciones como ésta que acaba de organizar el Museo de Arte de Ponce y que antes de verse aquí viajó al Worcester Art Museum en Massachussetts.

Quizás porque la exhibición estaba diseñada para viajar a Estados Unidos, sus curadoras -Marimar Benítez y Cheryl Hartup- escogieron un enfoque general al arte puertorriqueño. A lo largo de las paredes del Museo de Arte de Ponce y a través de las tres figuras de Campeche, Oller y Pou, con algunas piezas salteadas de otros artistas como los mencionados al principio, el visitante puede ver algunos de los ejemplos más hermosos de la pintura puertorriqueña, como lo son la ‘Dama a caballo’ de Campeche, ‘La Central Plazuela’ de Francisco Oller o la icónica pintura ‘La promesa’ de Miguel Pou. (Todas de la colección del Museo de Arte de Ponce, lo que demuestra cuán exquisitos son sus haberes de arte puertorriqueño). Además, la exhibición le depara al visitante algunas sorpresas, como una pintura recién restaurada de Campeche- el ‘Retrato de un letrado’ - de la que se incluye un dossier de conservación; la inclusión de un paisaje de Oller hasta ahora desconocido y perteneciente a la colección privada de una galerista o el tríptico ‘Lejanías de Villalba’ de la colección de Rosario Ferré que demuestra, sin lugar a dudas, la maestría pictórica de Miguel Pou. Sin embargo, quizás porque la exhibición escoge tres pintores que son muy bien conocidos y que, en el caso de los primeros dos, han sido muy bien estudiados, el conjunto le da la sensación al espectador local de ser agradable, pero no el producto de una investigación cuidada o de un escogido novedoso.

No empece lo dicho anteriormente, la exhibición y su catálogo suscitan algunas reflexiones interesantes. En el catálogo, por ejemplo, se plantean unas interrogantes sobre los bodegones de Oller, al señalarse que en todos hay una parquedad material impresionante -no hay vajillas lujosas, cristales finos o mantelería- y además parece haber un empeño casi científico en las frutas representadas, que aparecen siempre enteras o partidas en dos para mostrar su interior. Esto hace pensar a la autora del ensayo que los bodegones de Oller tienen un propósito demostrativo -enseñar las frutas del trópico- y que quizás estaban dirigidos a un público extranjero. Otro punto fascinante que plantea no ya el catálogo sino la exhibición misma es, ¿por qué Miguel Pou? Hasta ahora ha habido un consenso respecto a las tres grandes figuras de la historia del arte de Puerto Rico -algo así como una santísima trinidad de la pintura- y éste suele apuntar a Campeche, Oller y Frade. ¿Qué significa para nuestra historia del arte escoger al pintor de origen ponceño por sobre el cayeyano Ramón Frade, autor de una de las obras más icónicas de nuestro acervo cultural, ‘El pan nuestro’?

A primera vista, escoger a Miguel Pou como el tercer miembro del triunvirato altera significativamente la historia del arte puertorriqueño, pues Pou se destaca de forma especial en lo que concierne al paisaje, mientras Ramón Frade es sobre todo un pintor de la figura humana y la escena costumbrista (con cierta influencia de la ilustración popular tipo Norman Rockwell). El efecto, pues, es de una inflexión más contemplativa y lírica del arte puertorriqueño, una mirada enamorada y casi podríamos decir que ensimismada, por encima del sesgo narrativo, a veces estereotipado, pero muchas otras veces combativo, de Ramón Frade. Cierto, Pou también pinta figuras, como el pelotero negro Ciquí, o las lavanderas a la vera de un río o el vendedor de hamacas. Sin embargo, éstas palidecen por comparación a la belleza tonal y el tratamiento lírico de la superficie de sus paisajes.

¿Cómo queda, pues, la historia de la pintura puertorriqueña si el último eslabón en su árbol genealógico es Miguel Pou? Interesantemente, cambia poco a nivel ideológico, pues Pou comparte con Ramón Frade un profundo conservadurismo estético y cultural, como lo demuestra esta cita del catálogo: “soy un hombre de ayer y de hoy… tengo nostalgia por un pasado que no puede volver. [M]i deseo como artista es el de plasmar sobre la tela al jíbaro de mi juventud, o lo que queda de él, porque él representa lo que es realmente nuestro”. Sin embargo, a nivel visual el cambio es dramático, pues Pou se aleja del paisaje de Oller tanto como del jíbaro de Frade y muestra claramente sus credenciales como discípulo del impresionismo norteamericano. Así, con Pou como último eslabón, el pintor puertorriqueño es simultáneamente producto de una educación nueva, no ya fruto de la tradición europea, sino de la cultura norteamericana y es también un acérrimo crítico de la influencia norteamericana en la vida del puertorriqueño.

En las salas de ‘Mi Puerto Rico’, el visitante puede ver reunidas algunas de las piezas más bellas de la pintura puertorriqueña, aunque de ninguna manera se puede considerar un catálogo exhaustivo de las mejores obras de estos tres pintores, de quienes muchos echarán de menos algunas piezas como el retrato del Gobernador Ustáriz de Campeche, ‘El velorio’ de Oller y algunas de las 75 obras costumbristas de Pou, de quien hay en exhibición tan sólo un puñado. Sin embargo, la selección extensa y hermosa de retratos de Campeche, de bodegones y paisajes de Oller y de paisajes de Miguel Pou la hacen una exhibición digna de verse.

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